DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE EN LA DESPEDIDA A DON MANUEL ALMEYDA MEDINA

20.01.2014 21:39

Amigas y amigos, compañeras y compañeros: Querido Manuel; Hace poco más de una década los socialistas, con idéntica consternación, dolor y sentimientos de perdida, despedimos en este mismo lugar a tu hermano Clodomiro Almeyda. Inolvidable Don Cloro, quien como expresión de amor filial solía llamarte a usted ..."Pec". Nosotros, tus camaradas, que te sentimos siempre cercano y afectuoso en tu inmensa humanidad de hombre pródigo en sonrisas y abrazos, generoso en expresiones de sencillez y cercanía y gestos de fraternidad, siempre optamos, por llamarte con especial cariño y respeto; "Don Manuel". Y me quedo pensando, compañero, en cuántos personajes de la política nacional, vigentes y en pie, merezcan genuinamente, que a sus nombres de pila se anteponga con toda naturalidad y justicia esa expresión. Que es al tiempo una demostración de distinción, respeto y especial consideración.

En efecto, van quedando pocos "Don" en la política chilena y si trato de contabilizarlos, le confieso, no sin profunda pesadumbre, que me sobran con largueza los dedos de una mano.

La suya, Don Manuel, es una especie en extinción.

Para desgracia de la acción política tan ferozmente denostadas con buenas o muy malos motivos y razones.

Personajes como usted Don Manuel, siempre constituyeron un testimonio y un ejemplo. Una demostración viva y actuante de que la política puede ser, efectivamente, una actividad digna, noble, honesta y honorable.

Cuando pensamos en usted, Don Manuel, nos inunda la certeza total que la acción política puede y debe ser ejercida desde la generosidad, desde los valores y los principios. Desde el desprendimiento, y el genuino altruismo.

Que no es una ingenuidad ni un despropósito pretender que la política pueda llegar a estar desprovista de todo cálculo pequeño y mezquino, y ajena a toda ambición personal, afán de poder, figuración, protagonismo o fatua vanidad.

Su propia decisión personal de hacerse medico, lo sabemos, la tomó usted con el decidido afán de servir al prójimo y de asistirlo en su sufrimiento físico, en su dolor y enfermedad.

Nunca jamás le motivó el afán de lucrar con su profesión. Y, más de una vez, le oímos lamentar con legítimo dolor y frustración, y en el tono y con la capacidad de expresar indignación moral que le caracterizaba, que el ejercicio de la medicina hubiese derivado, de un modo tan rampante y desvergonzado, en una especie de comercio.

Una actividad, las más de las veces, desprovista de humanidad y sensibilidad.

Aquello, Don Manuel, no cuadró nunca con usted.

Por eso mismo, es que siempre optó, desde muy joven, por desarrollarse profesionalmente en el ámbito de la salud pública y la docencia, de modo exclusivo.

Fue usted, Don Manuel, un hombre modesto y sin pretensiones, falsas vanidades ni ambiciones personales. Fiel a sus convicciones y certezas, y desde aquella vocación primaria de servicio al prójimo, no dudó, ni por un instante, en involucrarse en la política y en comprometerse hasta su último aliento con la causa de la democracia y el socialismo.

Y se convirtió usted en un luchador social y debió -desde entonces- comenzar a pagar el alto, y a veces, inmisericorde precio, de haber optado por abrazar esa decisión y ese destino.
Una vocación que implica siempre un itinerario de vida duro, áspero y lleno de sinsabores.

Pero que, también a veces, desafortunadamente las menos, es capaz de proporcionarnos grandes satisfacciones.
Como la que experimentamos precisamente ahora, en que hemos logrado derrotar a la derecha y conseguido recuperar la confianza de nuestro pueblo.

A poco de instalarse la dictadura militar, usted fue expulsado de su actividad como médico y docente bajo la acusación de "sustentar doctrinas que atentan contra la seguridad del Estado".

Es decir, bajo el cargo enaltecedor y del que usted se sentía orgulloso; ser consecuentemente un hombre de izquierda, un socialista y un patriota decidido a enfrentar al régimen pinochetista con toda energía y en todos los terrenos.

Desde entonces usted, Don Manuel, no hizo otra cosa que enfrascarse en una guerra a muerte, personal y colectiva al mismo tiempo, y sin concesiones de ninguna clase contra la dictadura.
Se implicó usted activamente en toda clase de acciones de denuncia de las violaciones a los derechos humanos y, paralelamente, se involucró resueltamente en las diversas actividades de reconstrucción del, para entonces, ferozmente perseguido y diezmado Partido Socialista.

Fue entonces usted un hombre que aportó decisivamente a las definiciones orgánicas, tácticas y estratégicas. Pero, fue también un hombre de acción, que jamás dudo, ni por un instante, poner pecho al frente a la represión.

Por eso, su figura delgada, su rostro barbado y su característico poncho, pasó a ser parte del paisaje de las luchas callejeras que comenzaron a librarse, abiertas y frontales, desde mediados de los años ochenta.

Fue por esos mismos años, cuando comenzaba a repuntar la movilización y las protestas populares arreciaban, que se hizo sentir, en el seno de la izquierda, la imperiosa necesidad de constitución de un movimiento de carácter aglutinador y unitario que recogiera las aspiraciones más sentidas de nuestro pueblo y les diera conducción.
Su expresión política fue el recordado Movimiento Democrático Popular (MDP), el mismo que se ha intentado borrar de un plumazo y con fines inconfesables del imaginario colectivo de nuestro pueblo cuando se recrea la lucha anti dictatorial.

Don Manuel, como líder de aquel Movimiento, fue encarcelado meses por tener la osadía y el arrojo de llamar públicamente al derrocamiento del dictador.

Bajo condiciones de Estado de Sitio, acosado por los organismos represivos, decide pasar a la clandestinidad, manteniéndose, sin embargo, activo y desafiante en sus funciones partidarias y a la cabeza del MDP.

Convencido, como siempre estuvo, de dar paso a la unidad amplia de la oposición, Don Manuel se implicó a fondo en toda iniciativa política que se orientara en esta dirección.

Y dio testimonio en las calles, en las instancias partidarias y en el debate político e intelectual de su inmenso coraje y determinación política, para batirse sin reservas en cualquier frente al que fuera convocado.

Don Manuel fue Secretario General de nuestro partido.

Fue miembro del Comité Central y de la Comisión Política en varias oportunidades, y recuperada la democracia, como personaje querido y respetado que siempre fue, incluso, más allá de los límites del socialismo y la izquierda, pudo haber alcanzado cualquier otra posición que se hubiese propuesto.

Pero nunca quiso hacerlo.

De algún modo imaginó, contra la opinión de muchos, que su tarea estaba cumplida y que, lo que le correspondía, era seguir aportando desde posiciones más modestas y menos visibles.

Sin embargo, jamás abandono su militancia activa ni dejo de opinar e intervenir cuando fue requerido.

Ni siquiera el retraimiento obligado que le impusieran su avanzada edad y su precario estado de salud del último tiempo fueron obstáculo para que se mantuviera activo dentro de sus posibilidades.
Tuvo usted, don Manuel, la inmensa fortuna de una larga y ejemplar existencia. Ha partido usted a los largos 89 años de edad. Pero, a pesar de aquello, y por el vacío que deja entre nosotros, paradojalmente, bien puede decirse que, parte usted prematuramente.

Cada uno de nosotros más de alguna vez ha reflexionado que nunca jamás, por más crecidos que estemos los hijos, estaremos suficientemente preparados para perder a nuestros progenitores.
De igual modo, nuestro partido, que es como nuestra familia, no puede resignarse a experimentar la orfandad que implica perder a figuras tan altas, queridas y ejemplares como la que hoy despedimos.

Amigas y amigos
Compañeras y compañeros

Personalmente, no puedo ocultar la profunda tristeza y emoción que me embarga. Pero, a pesar de aquello, quiero invitarlos, más que a lamentar la partida de nuestro compañero, a celebrar la extensa y pródiga vida de don Manuel.

Nuestro camarada, un hombre bueno, quien más de alguna vez las ofició de doctor de nuestros cuerpos y de nuestras ateridas almas.
Nuestro amigo, un hombre digno, un socialista a carta cabal.
Un hombre amable, valiente, talentoso y corajudo como el que más.
En la despedida, hago llegar a su familia, al pueblo socialista y a los cientos de compañeros de causa, un testimonio de admiración, cariño y agradecimiento.

"Don Manuel, días atrás, avisó al presidente del Partido Socialista su intención de dejarnos. Lo hizo porque entendía que tenía la tarea cumplida. Yo no sé si habrá un gesto mayor de dignidad".

Muchas gracias por acompañarnos